El Tour del Bacanora es un evento anual que, a pesar de su nombre, no va al pueblo de Bacanora, Sonora; más bien creo que debe su nombre a que en la organización está involucrada una productora de bacanora, que para aquellos no familiarizados, es el mezcal originario de Sonora; extraído de un agave nativo de la región, y después de décadas de ser producido de manera artesanal y casi clandestina, en los años recientes ha visto un incremento en su interés y en los fondos dedicados a su producción, habiendo ahora varias marcas que lo ofrecen de manera formal en tu licorería de preferencia, mientras que antes había que ir a un pueblo de la sierra y preguntar quién lo vendía. La respuesta eran una serie de instrucciones para llegar a la casa de Doña X, quien entonces te daba el producto en un contenedor reutilizado de cocacola. El bacanora siempre ha tenido reputación de ser una bebida “de respeto”, que debe ser consumida a besitos, y que castiga con firmeza a quienes se dejan llevar por el ego. La comercialización ha reducido el porcentaje de alcohol que contiene y ha traído una variedad de opciones para el consumidor, así como la proliferación de segmentos de tierra dedicados a la siembra del agave Angustifolia, del cual se extrae.


La ruta
El Tour del Bacanora, organizado por el taller de bicicletas Pikacho’s Bikes, empieza en Hermosillo, y termina en el pueblo de Suaqui Grande, un recorrido de aproximadamente 160 km y unos 1200 metros de elevación acumulada. 2026 fue la sexta edición de este evento, y la primera en la que yo participo. En general no me inscribo en carreras, pero la invitación de este año parecía la de una rodada abierta, y no había costo de inscripción. Sabiendo que algunos amigos irían, decidí acoplarme yo también; no tenía raite de regreso, pero eso sería algo de lo que Dani del futuro podía ocuparse.

Pensando que la última vez que hice una distancia igual de larga fue hace diez años, las semanas previas al Tour me mantuve rodando con frecuencia y haciendo distancias de entre 80 y 120 km los fines de semana. Pocos días antes de salir, hice un plan, que se veía más o menos así:

El Tour del Bacanora
Se llega la fecha del 21 de febrero, y me reúno afuera del taller Pikacho’s Bikes junto con lo que parece ser unas doscientas personas, entre ellas mis amigos Javo, Nata, y Chepe, quien era el único, y no exagero, en bici de montaña. Para la ocasión, yo llevé mi Surly Straggler, que hasta hace poco había sido mi bici gravel, armada con llantas relativamente gruesas y una transmisión para la montaña: un cassette 11-48 y un plato de 34t. Como esta ruta es 100% pavimento, hice un cambio a las llantas más delgadas en las que me siento cómodo, unas de 36mm, sin embargo, me quedé sin tiempo de hacer cambio a una transmisión más de carretera, y esto tendrá consecuencias más adelante en esta historia.


Muchas bicis quieren tomarse foto con la Straggler
Entre lxs participantes se encuentra la personalidad de televisión Facundo, conocido por sus varios personajes y quien recientemente se ha subido a la bici y hace videos de sus salidas, supongo que Specialized lo tiene entre sus embajadores o algo así (Facundo subió una historia donde salgo, de la cual me enteré al terminar la rodada porque varias personas me la reenviaron).

Tras el banderazo de salida nos dirigimos en grupo hacia la carretera que lleva a Suaqui Grande, los primeros kilómetros son neutrales y el grupo se mantiene unido. Miro a mi alrededor detectando a mi gente, Javo frente a mí resalta entre una marea de licras, Chepe muy cerca mío en la única bici de montaña, y Nata unas dos personas detrás. También detecto a Luis y Eva, una pareja local con la que he compartido muchos kilómetros. Todo es conversación y risas hasta que llegamos al punto donde dan luz verde para que cada quien se vaya a su ritmo, surge la frase “Aquí se acabó la amistad” que tiramos Chepe y yo cuando nos entra el lado competitivo. Se oyen clicks de cambios a todo mi alrededor, el ritmo incrementa y hacemos formación de dos en dos.
Apenas empezando a ponernos serios, pasamos sobre unas vías de tren y a alguien frente a mi se le cae un bidón, lo cual causa una serie de frenones y acciones evasivas. Le saco la vuelta a un grupo que tuvo que frenar más, entre los que veo a Javo, pero sigo adelante pensando que no debería tomarle mucho retomar y unirse al grupo.


Un grupo pequeño se adelanta, el de los que hacen esto como algo más que un pasatiempo. Sin embargo, el grupo en el que voy va a muy buen ritmo, quien sea que va jalando nos lleva a unos 35-40 km/h y no estoy seguro de cuánto lo voy a poder sostener pero me pongo de meta llegar al menos al pueblo de La Colorada, a 60 km. Intento buscar a mis amigos pero es difícil voltear hacia atrás cuando tu llanta y la de las personas enfrente y detrás de ti están a unos cuantos centímetros de distancia. Aún veo a Luis y Eva, lo cual me da algo de tranquilidad porque su condición física me sirve de referente. Un poco más adelante hay un carro bloqueando un carril, y al pasarle a un lado vemos a un ciclista en el suelo, consciente, pero probablemente víctima de un roce de llantas. Aproximadamente una hora y media después, llegamos a La Colorada, hora de un descansito…

Sin embargo, oigo una voz que dice “¡Nos vamos en dos minutos!”, así que sólo saqué comida de mi cangurera y la puse más a la mano, y comí algo mientras otros se quitaban capas o iban al baño. Miro a mi alrededor, pero ninguno de mis amigos está a la vista. Por un momento considero esperarlos, pero al ver que el grupo se pone en movimiento de nuevo, decido continuar. La amistad, en efecto, se ha acabado, y planeo usar este grupo para llegar lo más lejos posible.
30 km después llegamos al pueblo de San José de Pimas, donde hacemos otra parada y, de nuevo, avisan que en dos minutos nos vamos. Ya con 95 km en las piernas y mientras le doy mordidas a mi sandwich de crema de cacahuate veo que algunas personas se suben a su vehículo de apoyo. Facundo viene en este grupo y se ve de buen ánimo, lo veo grabando con su cámara mientras dos personas se aseguran que no le falte nada ni le pegue el aire, lo cual no es reclamo, yo tampoco he tomado mi turno de jalar ni una sola vez, apenas vengo manteniendo el ritmo.

Salimos de San José y hacemos una bajada, donde veo cómo el grupo me adelanta sin esfuerzo. Y yo, que he venido en mi cambio más duro básicamente todo el camino, no puedo más que verles alejarse. Hago un esfuerzo enorme para ponerme a rueda en la siguiente subida, pero al estar seguida de otra bajada, me vuelvo a quedar atrás ya que mi pedaleo deja de tener sentido a los 45 km/h, mientras el grupo se aleja a 60 o más. Un carro me pone cola durante un rato, luego me alcanzan y me preguntan si necesito algo. Les digo que estoy bien, y se alejan, quedándome solo. Pienso en cómo hasta ahora todo ha salido según mi plan elaborado unos días antes, y en la fase que sigue de dicho plan.

Fase 3: En la que, en efecto, no todo era de bajada.
Una vez encontrándome solo, la presión de mantener un ritmo desaparece y comienzo a ver a mi alrededor en vez de sólo tener los ojos clavados en la rueda de enfrente. Nunca he pedaleado por estos rumbos, que son parte de la sierra baja de Sonora, así que estoy añadiendo un camino nuevo a mi historial. La carretera tiene menos tráfico de lo que yo esperaba, y me siento en confianza de llegar a la meta en un tiempo razonable. El kilómetro 130 registra el punto más alto de la ruta y me autoengaño diciendo que a partir de aquí es pura bajada.

Punto más alto de la ruta
Diez kilómetros después llego a Tecoripa, donde me toca abastecerme. Entro al oxxo y la mushasha que me atiende me dice:
-¿Es cierto que Facundo viene con ustedes?
-Sí, veníamos en el mismo grupo pero yo me quedé atrás
-Dile que cuando vayan de regreso se pase por aquí
-Arre yo le digo


Ya fuera del oxxo veo dos ciclistas llegar y pienso irme con ellos, pero luego se suben a un carro. Tras fondear un monster, me subo a la bici para ir por los últimos 30 km que son, en efecto y de acuerdo al plan, no todo de bajada, sino una serie de columpios que me sacan lo último que me quedaba.

Columpio tras columpio, más cansado que una subida constante
En la distancia veo una silueta que lentamente se va haciendo más grande hasta que lo alcanzo, un compañero con el que he rodado varias veces en Hermosillo y cuya plática me hace más llevaderos los últimos kilómetros, hasta que vemos el letrero de bienvenida al pueblo de Suaqui Grande.


La llegada resulta un poco anticlimática, y tengo que apurarme a cruzar el arco de meta porque está por comenzar una carrera de niños. Hay algunos puestos de comida, pensé buscar si habría un trago celebratorio de bacanora pero lo que más quiero es salirme del sol así que me dirijo a la sombra más cercana. El calor ya está fuerte y sólo aumentará, y pienso en quienes aún siguen en la ruta. Para mi, es hora de buscar cómo volver a Hermosillo, así que camino un poco hasta que veo dos caras conocidas y corro con la suerte de que tienen espacio para mi y mi bici.


¡Gracias Reyna y Oliver!
¿Lo haría de nuevo? Sí. La razón número 1 por la cual no hago ciclismo de ruta es por el tráfico de carros, pero esta carretera tenía poco tráfico sobre todo después de La Colorada y me sentí agusto al respecto. Me gustaría llevar una transmisión con cambios más altos, pero en general mi bici se la rifó y usaría la misma.
Las cifras de la rodada:
-Distancia: 169 km
-Elevación: 1285 m
-Tiempo en movimiento: 5 horas 46 minutos
-Velocidad promedio: 29.3 km/h
Andarres.com es un proyecto autogestivo y para mantenerlo activo nos apoyamos con la venta de playeras y bidones con nuestros diseños propios, puedes mandarnos un mensaje por facebook o instagram para conseguir la tuya.
